Le Chiffre Mystère

Près de 74 litres de vin par personne et par an… Bonne recherche !

Indice : La surface ne fait pas le moine …

Réponse : « 74 litres de vin par personne et par an » correspond à la consommation moyenne de cette boisson au Vatican. Ne pensez pas que ce chiffre -deux fois plus que celui de la France- corresponde uniquement au vin consommé pendant la messe (celui-ci n’est d’ailleurs pas acheté dans le commerce, parce qu’il doit être issu de raisins purs !)… Il s’explique tout d’abord par des taxes sur le vin peu élevées pour certains habitants de la cité-Etat. Mais c’est surtout la petite superficie du territoire du Vatican et sa faible population qui justifient les 74 litres : ils sont obtenus en considérant les bouteilles achetées sur le territoire, mais pas forcément par ses habitants ! Les consommateurs de ces 74 litres sont en fait tant les 800 Vaticanais que les millions de visiteurs qui viennent chaque année dans la cité-Etat !

P.W.

Le Chiffre Mystère,

Petite nouveauté !

Afin d’animer vos débuts de weekend, Pauline’s wine vous propose le jeu du « Chiffre mystère« . Le principe est simple, chaque vendredi soir, un chiffre (superficie de vignoble, quantité de vin, donnée économique…) vous sera donné, à vous de trouver à quoi il correspond !

Le Chiffre Mystère de ce weekend est 1, 77 ha …    A vous de chercher !

Un indice sera donné demain, et la réponse sera dévoilée en début de semaine !

P.W. 

Un verano para saborear Navarra

Pinchos y Rosado en Pamplona

El verano es sinónimo de momentos con la familia o los amigos: los días son largos y calurosos, los niños no van al colegio y todo el mundo piensa solamente en aprovechar el tiempo libre. Las comidas o las cenas cobran un protagonismo especial en este ritmo del día a día que marca la época estival. Si algunas son planificadas y organizadas con antelación, otras se improvisan. Así según el número de invitados se componen las mesas para reunirse alrededor. Con ellos, cuando se descorcha la primera botella de vino y se empiezan a servir los entrantes, los principales ingredientes ya están listos para disfrutar de una auténtica experiencia gastronómica.

Una gastronomía con Denominaciones de Origen

Si visitáis Navarra vais a saborear una gastronomía valorada desde hace mucho tiempo y con una rica tradición. En el siglo XVII el rey de la región Enrique III declaró “buena comida y buen vino, este es el cielo en la tierra”. Una afirmación que a día de hoy es más actual que nunca.

Habéis elegido un vino de Navarra para comenzar una celebración. ¡Qué deliciosa idea! Pero, no creáis que sois los primeros en tomar esta decisión. De color tinto, rosado o blanco este vino reina sobre las mesas desde la Antigüedad. Este monarca cuenta con otros nobles que le ayudan a ensalzar la reputación gastronómica regional.

Navarra es una de las principales zonas del país donde se encuentran las verduras que componen una de las huertas más exquisitas. Esto se explica por su tierra fértil y los distintos climas que la caracterizan. Sus verduras más conocidas son la Alcachofa de Tudela, los Pimientos del Piquillo de Lodosa y los Espárragos de Navarra.

Un territorio complejo que da origen en los Pirineos a dos conocidos quesos: Roncal e Idiazábal y en el que pace el ganado de Cordero de Navarra y Ternera de Navarra.

Además, por sus cualidades, estos productos han recibido muchos espaldarazos. Los vinos D.O. Navarra fueron los primeros en la región en obtener la noble distinción de “Denominación de Origen Protegida” en 1933. Esta certificación de calidad fue conquistada por el resto de sus joyas para aumentar su resplandor: la DOP Roncal en 1981, la DOP Idiazabal (1987), la DOP Pimiento del Piquillo de Lodosa (1987) y el más reciente la DOP Aceite de Navarra en 2013. Existen también indicaciones geográficas protegidas –cuyas exigencias varían de las de la DOP- con la Alcachofa de Tudela (desde 1988) y del Cordero de Navarra (2002). Y si el tiempo del rey Enrique III se acabó, un nuevo embajador le ha sucedido: Reyno Gourmet (desde 2007). Esta marca de promoción, cuyo nombre resume en sí mismo la importancia de la gastronomía navarra, está a la cabeza de la delegación de los productos certificados.

Para acompañar los vinos, coméis los platos típicos de la misma región. Los maridajes culinarios que estáis probando confirman el poder de los vinos Navarra para revelar los sabores de cada alimento. Por ejemplo, el Roncal tiene un gusto recio y ese carácter especial puede ser contrapesado con un vino tinto afrutado. Así se crea un equilibrio perfecto con el sabor amermelado de este vino.

Vino Tinto y Queso

Los rosados se pueden asociar a todo, son los vinos del verano y los mejores aliados de las verduras. Pero quizás, encuentra en el pimiento del Piquillo, que madura en este período del año, a uno de sus fieles acompañantes. Su armonía es una explosión de frescura en estos días calurosos y su colorido: los rojos y los rosas destacan sobre el fondo del cielo azul del verano. Si a esta experiencia le añadís una divertida barbacoa al aire libre con Ternera o Cordero de Navarra, veréis como no necesitáis más para sentiros de vacaciones.

Vinos y emociones

Los vinos y los productos de Navarra, además de ser de calidad, son grandes creadores de emociones que muchas veces se expresan en “la fiesta” y toman diferentes formas. Por ejemplo, en pinchos que llenan las barras de los bares. “Ir de pinchos” es una práctica habitual en las calles navarras para disfrutarlos con una copa de vino.

Pinchos y Vino Blanco

En esta región, la definición del concepto griego “gastronomía” se expresa en toda la complejidad de los elementos que la componen: la comida, las personas y su entorno. Ella reúne a los individuos para disfrutar de la experiencia en una región en torno a un territorio concreto.

Porque cada alimento que está sobre vuestra mesa representa a una zona de Navarra y la atestigua: los quesos de la montaña, las verduras de la Ribera, las carnes de los campos… Aquí, la variedad culinaria es equivalente a la diversidad de sus paisajes y los vinos son los lazos que los vinculan y relacionan. Por ejemplo, una degustación de vino con queso crea la armonía entre la montaña y la ribera de Navarra. Los maridajes entre los vinos y los diferentes productos unen los distintos gustos y transponen los paisajes en los platos y los paladares. De esta manera, son los encargados de unir la región entera a través de sabores únicos y definir su identidad gastronómica. Finalmente, probar los vinos y la cocina de Navarra es experimentar el territorio en sí mismo.

Los recuerdos del verano

Son las doce de la noche: no queda mucho en los platos y tampoco en las copas. Habéis saboreado la comida y los vinos como las risas y las conversaciones que han animado vuestra reunión. Sin embargo la luna ya se ha hecho presente y así como algunos quieren alargar las horas juntas, otros están cansados y empiezan a retirarse. Todos los mejores momentos tienen un fin, y ahora es el de vuestra cena. Pero esto no significa que lo sea con vuestro encuentro con los vinos D.O. Navarra. En realidad se ha tratado solamente del entrante porque los vinos en la Comunidad Foral no son sólo los reyes en las mesas, sino que actúan igualmente como iniciadores o guías de viaje.

Es el momento de disfrutar de los días soleados y calurosos para descubrir con los ojos los paisajes que la gastronomía navarra os ha mostrado con el paladar.

Viñas y Montañas (Las Bardenas Reales)

En este delicioso camino marcado por las bodegas y sus vinos. En ellas, quizás deberéis realizar una parada para adquirir algunas botellas para la próxima celebración.

El vino y la gastronomía no puede añadir horas a los días, pero sí que son capaces de intensificar la vivencia de cada instante.

Al final del verano, los recuerdos que tendréis de Navarra estarán compuestos por sabores, aromas, imágenes y sentimientos… que os incitarán a serviros de nuevo una copa de vino para revivir esos momentos.

P.W.

Credito fotografico : Pauline

Vino y arte en Navarra : la crianza de una pareja

La Iglesia Santa Maria la Real, Olite (Navarra)

“El vino es la única obra de arte que se puede beber” así el escritor Robert Louis Stevenson describe el vino, como un estilo de arte. Es verdad que se encuentran similitudes entre la elaboración vitivinícola y la creación artística: en las dos, la belleza del producto final dependerá de cómo el artista o el enólogo ponen en valor los elementos de los que dispone para que manifiesten lo mejor de sí mismos. Además, como cada obra, cada vino es singular y tiene su propio estilo.

En Navarra la relación entre estos dos mundos no se explica solamente a través de esta comparación. Su romance es más complejo y todas sus aventuras deben ser narradas para entender esta pasión. Vino y arte son dos prácticas ancestrales en la región. Hace siglos que las dos artes nacieron y se unieron: en la época romana la viña fue representada sobre las sepulturas. Esta relación se consolidó y se reforzó a lo largo de la historia navarra. En los inicios de la Edad Media, cuando todo el Occidente “se hubiera revestido por todas partes de un blanco manto de iglesias” (Raúl Glaber, 1003), las iglesias de Navarra se cubrieron de verdes cortinas de viñas. Es el caso de la iglesia fortaleza de Santa María de Ujué construida en el siglo XII. El templo posee una de las portadas góticas más decoradas de Navarra en la que se aprecian relieves alusivos a la vendimia. Otro ejemplo, cercano a esta localidad, es la iglesia de Santa María la Real en Olite (S.XIII) en cuya portada se extiende un magnífico viñedo tallado y pintado.

La Iglesia Santa María Real

Inicios de la comunicación y de  la promoción del vino

Las bondades del vino han sido exaltadas por la música, por ejemplo en las canciones de los trovadores del Camino de Santiago, en los cantos más populares vascos del siglo XIX o hasta hoy en día en las “jotas” tradicionales. Estas obras fueron los primeros medios de comunicación y de promoción del vino. En la Edad Media, la recreación de las viñas en las portadas de las iglesias servía para promover su conocimiento entre la población cuya mayoría no sabía leer. Al contar con esa magnífica representación localizada en un lugar prominente de la fachada, en la entrada, otorgaba relevancia a la viticultura como si hubiera sido una actividad agraria primordial en Navarra. Estas técnicas de divulgación cultural fueron generalizadas. Con las canciones de los trovadores y el Camino de Santiago, la imagen del viñedo navarro viajó cruzando sus fronteras. Ahora, es el cine, el séptimo arte, el que permite que la Denominación de Origen atraviese el océano Atlántico y llegue a Los Ángeles, por la película oscarizada « Tres anuncios en las afueras » de Martin McDonagh (2017).

En un ensamblaje no debe de ser ensalzado sólo uno de sus protagonistas, sino todas las partes que intervienen en él para crear la armonía total. Ocurre lo mismo con el arte y el vino: el primero sirve para poner en valor al segundo. Por otro lado, la arquitectura de las bodegas muestra que el contrario existe igualmente. El vino se pone al servicio del arte. Las bodegas no sólo se limitan a ser meros espacios de elaboración, sino también son lugares de expresión y exposición artística ya que algunas son auténticos museos o galerías de arte.

La Iglesia Santa María de Ujué

Patrimonio y cultura

El objetivo de los artistas no es únicamente reproducir la belleza. Según algunos filósofos, ellos deben revelar la esencia de las cosas a través de su actividad. En Navarra, el vino y la viña se presentan como elementos fundamentales del patrimonio y de la cultura. Este hecho fue subrayado durante el Día del Movimiento Vino D.O. que tuvo lugar en Pamplona el 12 de mayo de 2018 por el presidente de la Denominación de Origen Navarra, David Palacios que habló de “un patrimonio cultural”.

Porque el arte y el vino se ensamblan para crear una identidad regional. En un antiguo cántico sobre la Valdorba al que el artísta Benito Lertxundi pone música se dice un “río de vino de uva”: con esta metáfora el néctar se ancla en el paisaje de este valle, en la tierra navarra. Es así como el producto cultural evoluciona de manera intrínseca a la tierra y se transforma en un producto natural. Éste nace en las bodegas que se convierten en monumentos en los que se enseña el secreto de los vinos de la D.O. Navarra al tiempo que se disfruta de su arquitectura. Estos edificios, lugares del vino, adquieren un nuevo carácter y otra dimensión de interés público y turístico.

El vino como novela de un territorio

Por todas estas razones, la identidad cultural define a los vinos de la D.O. Navarra en un contexto y un momento en el que se promueve el consumo del producto local, de cercanía, con autenticidad. Estas características se encuentran dentro de las botellas D.O. Navarra: cada una de ellas es el epílogo de un relato que no puede ser novelado en otro territorio. 

En su relación con el vino, el arte actúa de una manera muy especial. A diferencia de la corriente artística Vanitas centrada en el paso del tiempo, en el devenir de la vida y el final ineludible del ser humano, vino y arte se funden en el presente para atestiguar el pasado con una vocación futura e inmortal.

La iglesia Santa María de Ujué y  la igleisa Santa María Real de Olite – Pauline

P.W.

Credito fotografico : Pauline

Ça pétille dans les sous-sols !

Maison Pommery, Reims (Champagne)
Un vignoble mythique

Les parcelles viticoles façonnent toujours les paysages des régions de vignoble. Lorsque vous vous y promenez, ou même simplement les longez, vous pouvez admirer les vignes alignées les unes derrière les autres selon un espacement précis. Voilà ce que vous pouvez découvrir au premier regard. Mais, comme dans bien des lieux sur Terre, il faut savoir regarder au bon endroit pour déceler les trésors cachés d’une région… et encore plus quand il s’agit de vin tel que le Champagne ! En effet, si dans votre coupe les bulles remontent à la surface, c’est sous terre qu’il faut vous rendre pour les voir naître ! Revêtez donc votre manteau, et suivez l’excursion au cœur des caves de Champagne ! Pour mieux comprendre notre aventure, il nous faut tout d’abord planter le décor et revenir quelques temps en arrière pour nous replonger dans l’histoire du vignoble champenois. Celui-ci apparaît dès l’Antiquité, voire la Préhistoire. Cependant, ce n’est qu’avec le développement du christianisme qu’il s’affirme réellement -il sert alors à répondre aux besoins en vin de messe. A cette époque, le vin de Champagne n’a rien à voir avec celui que nous connaissons actuellement. En effet, ce n’est qu’à la fin du XVIIe siècle, avec la légende de Dom Pérignon, qu’il apparaît. La boisson fait tout de suite  « mousse » auprès des consommateurs ! A tel point que, pour stocker l’importante production, les propriétaires des Maisons de Champagne se mettent à racheter des crayères : commence alors l’implication de cet impressionnant réseau dans l’élaboration des vins ! Ces lieux percés dans la craie, parfois dès l’époque gallo-romaine, disposent de propriétés intéressantes pour la conservation du Champagne : obscurité, températures constantes, hygrométrie adéquate… Mais, laissons un instant de côté le processus de vinification pour nous intéresser davantage aux lieux. Parce que bien -voire trop- souvent, le Champagne est réputé pour le produit qu’il est, tandis que sa région d’origine et ses trésors sont très peu connus. Et pourtant, la visite vaut le détour !

Descente dans les caves

Pour vous rendre dans les caves, vous empruntez un escalier qui vous conduit quelques mètres plus bas, sous terre. Comme si, pour comprendre cette mythique boisson, un voyage dans les entrailles terrestres était nécessaire. Et en effet, dès vos premiers pas dans ces couloirs de calcaire, vous avez l’impression de pénétrer dans un autre monde. Les quelques marches que vous venez de descendre vous ont déconnectés du réel pour vous faire pénétrer dans le saint des saints du vin !

La cave : le saint des saints de la Champagne

Comme dans une église, la température est plus fraîche qu’à la surface, elle fait partie de l’atmosphère qui imprègne ces lieux. Le bruit extérieur n’est plus, et seules quelques percées au sommet des clochers de craie laissent passer la lumière du jour. Ainsi, tout est prévu pour que les vins puissent fermenter en paix ! La visite commence par l’explication des différentes étapes d’élaboration du Champagne et avec des démonstrations à l’appui ! Puis, vous avancez dans ses couloirs -toujours en suivant le guide pour ne pas vous perdre dans ce dédale. Des bouteilles sont entreposées le long de la galerie que vous suivez, ainsi que  dans celles qui se trouvent sur votre gauche et sur votre droite. Certaines bouteilles sont en train de fermenter, d’autres simplement stockées. Les amas de poussière vous donnent une idée de l’ancienneté de certaines d’entre elles… Il peut parfois s’agir de bouteilles centenaires !

Des reliques bien gardées

Vous comprenez alors que, outre le fait d’être des lieux de vinification, les caves de Champagne témoignent de l’histoire et de l’identité du produit et de sa région ! Ce qui les rend d’autant plus fascinantes ! Vous apprenez alors qu’elles ont servi de cachette durant la Première Guerre Mondiale. Ces caves n’ont cessé d’évoluer en même temps que l’histoire régionale, tout en gardant leur authenticité. Puis, au bout d’une galerie, après des alignements de bouteilles, surgit une lueur bleue ! Ce n’est autre que l’une des œuvres d’art installées temporairement dans les caves. D’autres sont ici depuis le commencement.

D’un musée historique, nous passons à un musée artistique ! Et si les oeuvres sont de styles et d’époques différents, elles sont toujours à la gloire du Champagne ! Bref… La balade dans les caves de Champagne est une expérience mystique pour percer le secret de vins mythiques, et toute aussi pétillante que la boisson que vous dégusterez de retour à la surface !

P.W.

Crédits photographiques : Domaine Pommery – Pauline

Réalisation cartographique : Pauline

 

Les cinq piliers du séjour oenotouristique

Tout voyage nécessite une préparation particulière : il faut déterminer les endroits à visiter, les hébergements, les panoramas à ne pas manquer, les spécialités à goûter… Et une escapade oenotouristique demande encore plus d’organisation ! Elle est l’occasion d’explorer les vignobles et les vins d’une région, et pour que la découverte soit totale c’est l’ensemble des pans du vin de la région qui doit être vu !

Voici donc quelques conseils pour vous aider à planifier vos futurs voyages dans le vignoble…

1- Au commencement était la vigne ! Et oui, pour avoir du vin, il faut  en premier lieu du raisin ! Le vignoble est donc le premier élément à visiter lors de votre séjour. Pourquoi ne donc pas planifier une randonnée, une balade à vélo, en moto… ou tout autre mode de déplacement qui vous plaira pour sillonner les vignes ? Si vous manquez d’idées ou de moyens, les Offices du Tourisme et Maisons des Vins des régions viticoles sauront vous proposer des solutions pour parcourir ces paysages façonnés de rangées de vignes et de grappes de raisins… Le printemps et l’été sont certainement les meilleures saisons pour apprécier le décor : à ces périodes, la vigne est en fleur et le soleil donne de l’éclat aux feuilles vertes ; et -selon les variétés- les grappes de raisins apportent des touches violacées, bleutées, jaunes ou vertes à l’ensemble. Mais, si vous vous y rendez en hiver, vous pourrez peut-être savourer la magie du tableau des vignes recouvertes d’un voile blanc…

Empruntez un chemin dans les vignes …

2- Puis, le vin fut ! Il s’agit là de l’élément primordiale de votre séjour : la visite d’une propriété vitivinicole ! Choisissez une propriété typique de la région dans laquelle vous vous trouvez : un château dans le Bordelais, une cave d’une maison de négoce en Champagne, une exploitation grand cru en Alsace… Ainsi, vous y apprendrez le secret de fabrication des vins ! Généralement, les visites se composent en deux temps : la découverte des chais avec l’explication du processus de vinification – la partie théorique ; puis, la partie pratique avec la dégustation des vins du domaine. Surtout, n’hésitez pas à poser toutes les questions qui vous passent par la tête ! Les personnes qui vous guideront sont là pour que vous compreniez au mieux l’élaboration des vins, et elles sont toujours ravies de se retrouver face à des visiteurs pleins de curiosité !

Entrez dans les Maison Pommery…

 

Et dégustez jusqu’à la dernière goutte !

3- Le vignoble et le vin ne sont pas des électrons libres dans un territoire ou une région ! Ils sont le résultat d’une histoire et d’une culture qu’il vous faut également découvrir et comprendre. Les villes et villages des régions viticoles seront donc des étapes essentielles dans votre pèlerinage ! Vous y trouverez des lieux traitant spécifiquement de la culture et de l’histoire avec des musées de la vigne et du vin, ou bien des caves.

Instruisez-vous au musée du Château Maucaillou 

Ces villes et villages sont en eux-mêmes liés au vignoble de par leur organisation, leur architecture, avec parfois des noms des rues ou des éléments évocateurs. Promenez-vous-y donc ! De plus, de la vigne et du vin dépendent bien des légendes qui peuvent parfois recouper la grande Histoire… Intéressez-vous donc aux récits des lieux que vous traversez ! Mais, surtout, apprenez à observer et apprécier plus généralement le territoire dans lequel vous vous trouvez… Peut-être que vous n’aurez pas l’occasion d’y retourner. Il vous faut donc profiter de l’instant, vous laissez enivrer par ce qui vous entoure, vous imbiber de chaque détail… Le monde est si beau, alors profitez-en dès que vous le pouvez !

Arpentez les ruelles de Riquewihr  et admirez ses maisons aux façades colorées

4- « Bonne cuisine et bon vin, c’est le paradis sur terre ! » aurait dit le roi Henri IV. Ce que vous devez retenir de cette phrase c’est que : qui dit voyage oenotouristique, dit voyage gastronomique ! Goûtez aux spécialités régionales, associez-les aux vins que vous expérimenterez… Ces accords mets et vin vous feront découvrir de nouvelles saveurs et vous aideront à encore mieux percer les secrets et subtilités des produits !

5- Enfin, pour que voyage soit une réussite, proposez à vos proches, vos amis, vos collègues de travail ou toute autre personne que vous souhaitez de vous accompagner : les vins, les voyages, les instants et les souvenirs sont les meilleurs lorsqu’ils sont partagés avec ceux que vous appréciez !

Bon séjour à vous !

P.W.

Crédits Photographiques : Sentier viticole (Saint-Emilion, Bordelais), Domaine Pommery (Reims, Champagne), Musée des Arts et Métiers de la Vigne et du Vin du Château Maucaillou (Moulis-en-Médoc, Bordelais), Ruelles de Riquewihr (Alsace) – Pauline

 

Il était une fois dans un château…

Château Palmer (Médoc)
Un vignoble de châteaux en France

« Il était une fois dans un château…« 

Vous pensiez certainement que cette une expression, propre au merveilleux et de l’imaginaire, ne pouvait être attribuée qu’aux contes de fées… Et bien, il s’agit là d’une erreur ! Il existe en France un endroit où la formule magique prend vie sous vos yeux : le vignoble bordelais !
Ce vignoble du sud-ouest français est un vignoble dit de « châteaux » ! N’imaginez-là point de demeures grandioses aux allures royales ou féériques : en Bordelais les châteaux ont bien souvent de castrale seulement leur dénomination. Est appelée « château » une exploitation viticole où l’ensemble des étapes de production du vin sont réalisées sur place (de la culture de la vigne à la mise en bouteille). Oubliez donc les pont-levis, donjons, salles de bal, ou tout autre élément typique des châteaux… Le château viticole, lui, se compose de parcelles de vignes et de bâtiments d’exploitation.

Propriété et vignes à Chasse-Spleen

Au lieu de se situer à un endroit militairement stratégique, si elle souhaite bénéficier de la dénomination « château », l’exploitation doit obligatoirement appartenir à une Appellation Géographique Protégée ou à une Indication Géographique Protégée. Plus qu’un modèle architectural, c’est donc un corpus législatif qui permet de définir le château viticole bordelais.

Mais, l’imaginaire prenant le pas sur le réel, la symbolique semble tout autant servir pour définir les vins issus de ces domaines.
Imaginez-vous, consommateurs, face à un rayon de bouteilles de vins. Vos yeux se posent sur différentes étiquettes telles que Château Margaux, Château Soutard, Château Giscours, Château d’Agassac… Inconsciemment, du fait de la présence du terme « château », vous allez associer ces bouteilles à des notions de prestige, de noblesse, de luxe, de raffinement… Automatiquement, vous opérez donc un transfert de la symbolique du château sur l’image des vins de châteaux. A l’étranger, le processus sera identique -le château étant un élément identificateur du Bordelais. Il sera même amplifié par le fait que les consommateurs étrangers lieront aussi le vin à la culture et à la gastronomie française ! Le château, dans le monde du vin, est donc un château davantage grâce à la culture (ou aux cultures) qui lui sont rattachée(s) que par son apparence castrale. Cependant, du côté des propriétaires, le souhait de rattacher une symbolique à une apparence est très vite apparu !

Bien que l’habit ne fasse pas le moine, dès le XIXe siècle, les propriétaires des châteaux ont décidé de faire de leurs domaines le reflet, ou plutôt la vitrine de leurs vins ! Lorsque vous passez devant une vitrine, les éléments présentés dans la devanture sont supposés vous inciter à entrer et à y acheter. Les châteaux viticoles font de même ! Le marquis Louis Gaspard d’Estournel désirait de devenir le fournisseur exclusif des nababs et des maharajas -un pari ambitieux auquel il parviendra. Aussi, le marquis matérialisa son rêve dès l’entrée de son domaine le Clos d’Estournel par des portes provenant du palais de Zanzibar. Et c’est l’ensemble de la bâtisse qui reflète les aspirations lointaines de son propriétaire avec une architecture aux inspirations orientales et indiennes.

Clos Estournel ou le Zanzibar du Bordelais

Et il ne s’agit là que d’un exemple parmi tant d’autres ! La région regorge des constructions de ces « Princes des Vignes » s’anoblissant eux-mêmes par la même occasion. Leur titre se retrouve sur la bouteille avec la mention « château », et bien souvent la représentation de leur bâtisse. Le prestige est alors assuré, et la vitrine transportée sur les lieux de vente pour vous charmer, vous, consommateurs, en vous faisant rêver de prestige noblesse, de luxe, de raffinement… Avec l’étiquette, ils n’utilisent non plus la symbolique du château mais le symbole. Ainsi, ils entretiennent l’imaginaire avec lequel vous associez ces vins en les ancrant dans l’élément matériel qu’est la bâtisse.

Châteaux sur images

Mais alors, le consommateur a-t-il à faire à un château irréel que son propriétaire aurait rendu réel ? Ou, est-ce lui, qui en attribuant une symbolique particulière à une bâtisse, confond le réel avec l’irréel ? Laissons à chacun le choix de décider de ce à quoi il veut croire !

Quoi qu’il en soit, ces domaines sont rattachés à bien des histoires et à biens des rêves dont les vins en sont les principaux protagonistes. A vous de vous laisser transporter, ou non, par les impressions qu’ils dégagent à première vue. Pour ce qui est de celles ressenties lorsque vous les dégusterez, soyez-en certains, ils susciteront chez vous la même ivresse que celle vous éprouvez en vous plongeant dans la littérature et l’imaginaire !

Le Château d’Agassac : entre forteresse et chais

P.W.

Crédits Photographiques : Château Palmer, Château Chasse-Spleen, Clos d’Estournel, Château d’Agassac, bouteille Château Chasse-Spleen, bouteille Château Smith Haut-Lafitte – Pauline
Réalisation Cartographique : Pauline